Donald Trump

Trump 2.0: con experiencia y arropado

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Donald Trump no perdió el tiempo durante la administración de Joe Biden para diseñar su plan de gobierno, sumar apoyos, fortalecer a los grupos extremistas que simpatizan con él fuera y dentro de Estados Unidos y aprender de los errores de su primera administración.

La preparación para ejecutar sus promesas de campaña es la gran diferencia entre el inicio del primer y segundo mandato de Donald Trump. En los primeros días de enero de 2017 su objetivo principal fue marcar la agenda de los medios de comunicación. Prácticamente con cada declaración o tuit provocaba desconcierto hasta entre sus mismos asesores y el partido republicano. El caos extremo provocó contradicciones, renuncias, despidos y pleitos internos que terminaron ridiculizando al mandatario. Este escenario, junto a la inexperiencia, terminaron limitando hasta dónde llegaría el mandatario. Por supuesto, en ese primer mandato el “establishment” republicano tenía una fuerza importante que servía de contrapeso.

En 2024, Donald Trump vuelve a ganar el voto estadounidense, y ahora, a diferencia de su primer mandato, muestra una estrategia que no solo se basa en el discurso, sino en cómo hacer que el discurso se convierta en acciones políticas.

La determinación con que pisó la Casa Blanca este año quedó clara desde el primer día cuando firmó órdenes ejecutivas para frenar o impulsar cambios a los que sus votantes aspiraban. El Trump renovado no perdió tiempo durante estos cuatro años de Biden. Estar en el centro de la agenda mediática, aunque fuese por sus procesos judiciales, lo mantuvo vivo.

Trump salió de la Casa Blanca pero nunca se fue de la opinión pública. Debe gran parte de su éxito a las redes sociales con los cambios en X y el surgimiento de su propia red, que sus militantes se organizaran después de su derrota y que su nombre siguiese posicionado, mientras la sociedad estadounidense se adentraba a uno de los escenarios de polarización más preocupantes de su historia.

Es cierto, no podemos dejar de lado los constantes errores electorales del partido demócrata en plena campaña y la poca efectividad comunicativa de la administración Biden para mostrar los logros de su gobierno.

Nuevos aliados, menos resistencia pública


El desgaste de los demócratas en la era Biden y el pésimo resultado en la campaña brindaron la oportunidad para recoger nuevos aliados a Trump. Si durante su primer mandato las redes sociales mostraron cierta resistencia a sus políticas, durante este segundo mandato han cedido a las presiones del mandatario y hasta donaron a la toma de posesión. Es más, Elon Musk no es un aliado, es parte de su círculo cercano y del gobierno.

Mark Zuckerberg, co-fundador de Facebook y Meta, ha seguido los mismos pasos de X en términos de verificación y ha donado a su toma de posesión para evitar confrontaciones; Jeff Bezos, dueño de Amazon y El Washington Post, con sus intervenciones en decisiones editoriales mostró que no estaba dispuesto a enfrentrarlo. Lo mismo ha pasado con Apple y Google. Sin olvidar la intervención de Trump para mantener a Tik Tok en Estados Unidos. Si en el pasado se veía más alineado a Sillicon Valley con los demócratas, esa historia terminó y no solo por dinero; sino por regulaciones, impuestos y el mismo discurso demócrata hacia los magnates tecnológicos, como explica Eric Levitz en su texto Why big tech turned right.

Trump, el principio para instaurar el miedo

Las tres primeras semanas de esta segunda administración de Donald Trump dejan dudas sobre si la oposición dentro y fuera de Estados Unidos se preparó para este mandato.

Dentro del país, el partido demócrata es minoría y no logran articularse ni parece que tengan claro qué harán en corto tiempo, o al menos no lo han comunicado.
A ello sumemos que Trump, más que los republicanos, controla ambas cámaras. De hecho, con el paso de los años, varios políticos de su partido que veían con recelo a Trump han cedido a sus presiones y se han sumado a su agenda.

Sin embargo, más allá del sistema de partidos, lo más preocupante es si la sociedad civil será capaz de aguantar un segundo mandato que ha puesto el foco en minar la perspectiva de los derechos humanos y la libertad de expresión. El rol de la sociedad civil y cómo utilizará los mecanismos y las leyes para equilibrar los poderes será fundamental para detener a un hombre que cada día intenta transgredir un nuevo límite. En estas intensas semanas hay que aplaudirles que consiguieron presionar lo suficiente para que una jueza suspendiera una de las congelaciones de gastos decretadas por Trump.

Por supuesto, dentro de la sociedad civil el rol que podrá jugar la prensa y los medios de comunicación en Estados Unidos ante amplios sectores poblacionales que han dejado de consumirla será vital. No solo se trata de las investigaciones que puedan hacer, sino de cómo comunicarlas y construir una narrativa asequible a nuevos públicos y aquellos que están hartos de la sobreinformación.

Trump, al igual que en su primer mandato, quiere gobernar con el caos como mecanismo para generar miedo; y el miedo, como Tomas Hobbes teorizó en El Leviatán, paraliza. De ahí que haya sido una buena noticia ver cómo decenas de organizaciones lograron utilizar los mecanismos del sistema legal, más que intentar enfrentarse en lo discursivo pero sin acciones concretas.

El mundo ante Trump

El punto más flaco sobre un posible contrapeso al presidente norteamericano es la comunidad internacional. Hasta el momento Europa no ha dado señales sobre qué harán para intentar frenar las políticas extremistas que están minando la globalización y la interdependencia que tienen los mercados a nivel global. Tampoco sabemos cómo evitarán que se dañe la cultura democrática y los derechos humanos, que han sido la marca occidental en el mundo.

Por otra parte, Canadá, con la renuncia de Justin Trudeau muestra el cansancio del bloque internacional que hizo frente a Trump duarante su primer mandato. El laberinto francés es otra muestra clara de ese debilitamiento, el “centro” de Macron ha perdido el poder y campo de acción internacional que tenía por los reclamos de la sociedad francesa, donde también avanzan movimientos ultraconservadores. También se perdió el liderazgo de Alemania. En efecto, si en el pasado hubo políticos que contaron con un apoyo claro de sus sociedades para enfrentar a Trump, hoy sus países cuestionan sus propios resultados y el extremismo político avanzó hasta la posibilidad de ser gobierno.

Aunque muchos analista consideran que el modelo de Trump apunta a una estrategia de “guerra cultural” por sus constantes referencias a la perspectiva de género y eliminar políticas favorables a grupos vulnerables, esta no creo que sea su premisa. O sea, el presidente posiciona temas, mientras otros igual o más graves están escapando de la atención de los medios o la ciudadanía no los está entendiendo.


Por ejemplo, la creación del Department of Government Efficiency (DOGE), que está bajo control de Elon Musk. El DOGE está a cargo de modernizar la administración pública y comenzará a tomar decisiones que afectan el tamaño de la burocracia, los sistemas que utiliza y tendrá acceso a la información que se mueve en los servidores del gobierno. En otras palabras no solo tendrá acceso, lo está comenzando a controlar.

Pensar que esto es solo una “guerra cultural” es considerar que no se está luchando contra el modelo que se construyó con la caída de la URSS. El segundo periodo de Trump ha mostrado que la idea de cooperación internacional no es primordial. Desmantelar la cooperación internacional de Estados Unidos, la USAID es la mejor muestra, y el discurso que se ha utilizado para hacerlo, como las campañas de desinformación usadas por sus aliados -incluido Musk-, muestra que su interés son los pilares del sistema, no solo la narrativa. Sus primeras decisiones internacionales han sido unilaterales, tanto para Ucrania, Medio Oriente y América Latina, y quienes se oponen a ellas han guardado silencio o solo se han quejado. El objetivo es el fondo, no la forma.

En el caso de América Latina tampoco es claro qué harán las democracias de la región que tienen liderazgos que no simpatizan con Trump, como Chile, México, Colombia y Brasil. Es importante señalar que varios de estos gobiernos, aunque se encuentren en el otro extremo ideológico, tienen comportamientos similares que tampoco abonan a la construcción democrática. En otras palabras, los populismos latinoamericanos no construyen democracia y muchos menos contribuyen a la promoción de los derechos humanos y libertades del ciudadano. A los populistas Trump les viene bien, pues tienen un enemigo y al mismo tiempo se libran de un liderazgo que promueva los derechos humanos.


El presidente de Colombia, Gustavo Petro, recientemente protagonizó uno de los enfrentamientos diplomáticos que muestra claramente las asimetrías del poder. Más allá de lo discursivo y que Petro vendiera como una victoria ante sus simpatizantes el enfrentamiento en X sobre las deportaciones de migrantes indocumentados, terminó por aceptar los vuelos, mostrando que si la Casa Blanca decide poner un arancel o cerrar el procedimiento de visados, Colombia entra en caos y su gobierno cede. Colombia, además, es el principal beneficiario de ayuda humanitaria de Estados Unidos en la región.

México tampoco ha mostrado tener una estrategia ante su poderoso vecino. El gobierno de Claudia Sheiunbam antes de la toma de posesión prefirió hacer chistes con el cambio de nombre de “El Golfo de México” a “Golfo de América”. Después del 20 de enero el silencio es la clave y la presidenta ha dicho que se tratará todo por los canales diplomáticos, un punto positivo, pero ¿efectivo? Hasta el momento no hay resultados, el primero de febrero Trump impuso aranceles a México y Canadá. Es cierto, se frenaron, pero por razones del mercado y había filtraciones desde el viernes 31 de enero que realmente los aranceles se planeaban para marzo, según un reporte de Reuters.

Sí hay una continuidad por parte de México en esta segunda administración. México ha optado por seguir la política migratoria que comenzó con AMLO: aceptar los migrantes deportados y militarizar la frontera sur y norte, esta segunda bajo el argumento de parar el fentanilo producido en decenas de laboratorios clandestinos en estados fronterizos que fueron expulsados de Sinaloa. Un enfoque que no se diferencia mucho del enfoque que asume Trump: la fuerza como solución coyuntural. El costo no es mayor para la presidenta Sheiubam, México está en niveles record de violencia desde el gobierno de AMLO y le apuesta a la naturalización de la criminalidad en la vida cotidiana.

Trump Volvió

Trump ha vuelto a la Casa Blanca más experimentado y rodeado de asesores, políticos, comentaristas, influencers y empresarios que no solo comprenden lo que quiere, también simpatizan con sus pensamientos, y – lo más importante- saben cómo hacer realidad mucho de lo que pide. A Trump se le ve menos solo ideológicamente que en su primer mandato. Todavía falta saber qué tan preparada -o débil- está la oposición estadounidense y global. Dos cosas son seguras en este mandato. 1)Estados Unidos se está jugando el liderazgo del mundo y su influencia y; 2) la democracia como base y guía en Occidente está en riesgo.


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