Ayotzinapa, protestar en Oaxaca

No habrá faltado oaxaqueño que se conmoviera al enterarse del asesinato de estudiantes de la Normal de Ayotzinapa en un enfrentamiento en Iguala, Guerrero, donde, también, horas después fallecieron integrantes del equipo de fútbol de tercera división, Los Avispones. La siguiente parte de la historia, la desaparición de 43 normalistas, ha conducido a la expresión emocional más importante de los últimos años en México.
En efecto, el dolor, la indignación y las dudas que ha generado la actuación de los diferentes niveles de gobierno han permitido que las protestas continúen y no pierdan su razón de ser, su objetivo coyuntural: contundencia y claridad en la investigación de la desaparición de estudiantes para obtener justicia.
A pesar de la solidaridad que se ha generado en la mayoría del mundo. Vale la pena reflexionar desde el contexto local de Oaxaca y preguntarse ¿con qué razones se puede protestar a favor del esclarecimiento de la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa cuando en Oaxaca los normalistas violan cada que quieren los derechos humanos y diversas libertades del resto de la población? ¿Cómo solidarizarse con el que, a su modo, secuestra al ciudadano y no forzosamente al gobierno?
No es un falso dilema, sino uno que debe clasificar lo que el normalista viola, hace al margen de la ley y compresión del otro; y lo que hacen los que ostentan el poder legal, legitimados por las urnas y contra quienes emiten los votos.
El dilema es comprensible, no faltará el oaxaqueño que tenga los argumentos y la información suficiente para decir que ante los bloqueos de los normalistas en contra de los ciudadanos alguna que otra persona habrá muerto en el traslado al hospital. La irracionalidad de los normalistas como de la Sección XXII del SNTE son precisamente las que provocan este dilema.
La otra parte del dilema es que los estudiantes de Ayotzinapa no fueron asesinados por sus posturas políticas sino por estorbar a políticos que aspiran a nuevos cargos de elección popular y que no están dispuestos a que exista alguien, que no sea de su misma clase -la política-, que pueda terminar con sus aspiraciones de obtener más poder.
Si a esto, sumamos las relaciones que la clase política ha demostrado tener con organizaciones criminales, no forzosamente los cárteles de la droga, poder terminar con un posible “riesgo” que altere lo planeado por quienes aspiran a ser autoridad, es sumamente sencillo, el ciudadano se encuentra solo, invitado a temer, ante los dos poderes, el fáctico, ostentado por los criminales, y el legal, ostentado por políticos que se coluden con los primeros.
Este binomio general de poder en muchos casos se convierte en un trinomio, o sea, hay un tercer actor que tiene poder y en otros grados, sin llegar a los asesinatos, también invita a temer al ciudadano por medio del chantaje, los movimientos y gremios históricos que consideran que sus agendas son las únicas que deben de importar. Esto es lo que sucede en Oaxaca, pues la Sección XXII y los normalistas en vez de buscar a la ciudadanía como aliados para construir espacios de diálogo y convivencia han decidido tenerlos como rehenes, mero botín que sirva a sus fines.
¿Cómo sumarse a la indignación que recorre el país cuando aquí, Oaxaca, el que ostenta el papel de la víctima a nivel nacional es victimario?
Aunque no hay una respuesta satisfactoria en cuestión de meras emociones y rencores, habrá que decir que mantenerse al margen de las mismas o festejar en silencio el asesinato y desaparición en Ayotzinapa es precisamente la muestra del rencor que los victimarios tienen hacia sus víctimas, sean políticos, sindicatos o movimientos sociales que solo buscan fines particulares.
No entender los componentes del dilema solo conducirá a que las matanzas y desapariciones se sigan dando, pues estas operan no bajo la lógica de asesinar a quien esté, por llamarlo de alguna manera, en “el juego” o “el negocio” sino a todo aquel que pretenda, por error o sin buscarlo, alterarlo.
En efecto, protestar en Oaxaca por los estudiantes asesinados y los 43 desaparecidos puede causar escozor, pero también la posibilidad de diferenciarse de la Sección XXII y los normalistas oaxaqueños, al demostrar que las protestas son para vivir en un México en paz, donde pensar diferente no sea motivo para morir y donde los cárteles de la droga como la corrupción política un amargo, doloroso, triste recuerdo de la lucha por nuestra democracia.
En otras palabras, protestar hoy por quienes no debieron morir o murieron en manos de quienes ven el poder como algo privativo, es demostrar que se quiere vivir en libertad, sin miedo, sin corrupción y sin la existencia de grupos que quieran imponer sus pensamientos y formas de vida con violencia.


Nota: Una versión de este post se publicó en la revista Mujeres en Diciembre 2014