Arendt y la revolución

Portada del libro "Sobre la Revolución" de Hannah Arendt (Editorial Alianza)

Es mi autora favorita en teoría política, para quitarnos las ataduras del formalismo. Sus textos enriquecen el pensamiento político, pero sobre todo la posibilidad de repensar la política y la ciencia política desde la mitad del siglo XX. Su vida, reseñada de manera breve en un texto de Celso Lafer localizado en su libro “Ensayos Liberales” (FCE), la llevó a realizar el inacabado proceso de “pensar”, del cual habla en “La condición humana”.

Desde el pensamiento de Hannah Arendt se busca rescatar a la política de los prejuicios que han conducido a las sociedades occidentales a su abandono. En Sobre la revolución (On revolution) no abandona su trabajo a favor de la reivindicación y pasa al siempre complicado paso de los hechos y las ideas que dieron pie a los levantamientos armados que marcaron la formación de Occidente durante la modernidad y sin los cuales no se entendería el avance de los derechos humanos, las libertades políticas, la democracia y muchos males que achacan a la “política”.

Hannah Arendt en este brillante ensayo revisa los aspectos fundamentales de la Independencia y formación de los Estados Unidos, país que maravilló a Tocqueville; la Revolución Francesa que tanto ha inspirado a los luchadores sociales y; la conquista del poder en Rusia por los bolcheviques que dio paso a la inspiración de los grupos de izquierda y a sus propios fracasos, muchos de ellos todavía por superar y aceptar.

Las tres grandes revoluciones transformaron al mundo, pero cada una tuvo un final distinto. No se niega que de ellas se haya aprendido, pero ¿por qué las tres terminaron de distinta manera? Arendt no niega que las condicione de los participantes haya influido, pero también señala que cuando la política, la construcción de instituciones que garanticen por lo que se ha luchado, pasa a segundo término y lo social termina acaparando el objetivo, el fin de la revolución se puede perder y dar paso a una nueva tiranía.

En efecto, el éxito de la revolución, no solo su triunfo, depende de la creación de instituciones que terminen garantizando las libertades, en especial la política. Si es así, sólo aquellas revoluciones que puedan cimentar a la democracia podrán lograr la pacificación de los involucrados y la paz en largos periodos de tiempo. En este sentido, vale la pena agregar que la revolución nunca termina, pues la democracia implica mantener la libertad de participar de los ciudadanos en los asuntos públicos, o sea, es necesario garantizar un espacio para la sociedad civil. Termina la violencia general, aquella que provocó la caída del tirano, los símbolos del régimen dictatorial, opresor, autoritario, totalitario. Mantener la violencia conduce a la formación de nuevos regímenes de opresión.

El problema de la continuidad de la revolución sin la violencia generalizada, es que la construcción de instituciones y la separación de poderes conduce a la formación de un gobierno representativo que comúnmente inaugura una pluralidad no conocida en la toma de decisiones por parte de los líderes revolucionarios, los cuales terminan contradiciendo los discursos de la época de las revueltas armadas. Robespierre en Francia terminó siendo presa de la pluralidad y su conflicto intrínseco.

En Rusia se vivieron escenarios similares, donde los líderes de los grupos más grandes de la revolución apuraron su labor para terminar con la pluralidad y generar una serie de rumores, teorías de “complot”, que terminaran por generar una dicotomía de “buenos/malos”, o sea, traidores de la revolución.

Después de la lucha de Independencia de los Estados Unidos se podía esperar lo mismo, pero el resultado fue distinto, la política sacrificó parte de la participación directa y lo concedió con sus diversos inconvenientes a la representatividad política, sin negar que la participación ciudadana se diera en lo local, o sea, en el territorio y gobierno más próximo al espacio del ciudadano.

El texto de Arendt, por su decantación a la revolución americana, discrepa con aquellos textos victoriosos que apuntan a la revolución francesa como el ejemplo a seguir. Sobre todo, es un análisis crítico, puntilloso y exacto sobre la guerra como un rasgo político de la época que estamos viviendo.

En efecto, los textos de Hannah Arendt recuerdan que no es necesario llegar a la violencia general, a la guerra. Por otra parte, que no es necesario sacrificar al hombre político a favor del administrativo, ya que cumplen funciones distintas.

La enseñanza de la revolución de Estados Unidos es que no se debe sacrificar la política y la libertad, son ellas quienes resolverán los problemas sociales, ya que se garantizará la participación de los iguales, aquellos que viven en plena libertad.

Arendt, Hannah (1998). Sobre la revolución. España: Alianza Editorial.