La sinceridad de las palabras

Mario Vargas Llosa/Foto. nobelprize.org

OAXACA, México.- Esta semana no podía escribir aunque tuviera temas que tratar. Había que hacer una pausa y sentarme a esperar, escuchar y leer a Mario Vargas Llosa, pues tiene mucho que decir y el respeto que se ha ganado, por su honestidad intelectual y crítica sincera ha ganado un lugar en muchas generaciones. De manera particular, le tengo que reconocer a Vargas Llosa, algo que aprendí desde que era niño y los libros me han reforzado, que siempre ha utilizado las palabras correctas para decir lo que piensa. Si tiene enfrente a un dictador, le ha llamado “dictador”.

En estos momentos que se viven en América Latina han faltado más voces y críticas como las que ha hecho Mario Vargas Llosa a lo largo de los años, pues muchos “intelectuales” y “políticos demócratas” prefieren por falsa “diplomacia” las segundas palabras que traten de matizar el adjetivo calificativo que la suma de actos han hecho que le correspondan a un líder político y social. Prefieren amortiguar la verdad para no alejarse de algo que ellos pueden anhelar. Por ejemplo, Felipe Calderón Hinojosa prefiere tener una relación mediocre y complaciente con la dictadura cubana, antes que decirle a los hermanos Castro “dictadores” y recibir las críticas de los “fans” de estos ¿qué ganamos manteniendo esta relación con los Castro? Sería más sincera una defensa de la democracia. Decir que no estamos de acuerdo con formas de gobierno no democráticas y represivas de los derechos humanos como la cubana. Por una parte, saldrían todos los latinoamericanos “revolucionarios” de izquierda que ven en Chávez al revolucionario socialista del siglo XXI ha decirnos piti-yankis “come-mierdas”, pero por otra parte, por fin dejaríamos en claro nuestro forma de entender la democracia. Vargas Llosa enseña eso y más.

Por años Vargas Llosa supo que podía ganar el Nobel de Literatura, se pensó que no lo recibía por sus posiciones políticas, es un liberal en un mundo con muchos dogmas autoritarios y demasiada hipocresía. Ahora ya lo tiene en sus manos y está en una posición donde el público del mundo interesado en la democracia lo escucha. No nos ha defraudado, nos ha recordado lo que ha destacado de América Latina, lo bueno y lo malo:

Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal (Vargas-Llosa, 2010)”.

Y a las cosas que sobreviven en esta actualidad tan compleja, Vargas Llosa les llama por su nombre, no se apena, ni se agacha por el miedo a las respuestas, sabe que vendrán del estómago de los “tiranos” y las respuestas del escritor estarán listas:

Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudo democracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua(Vargas-Llosa, 2010)”.

También ha mostrado que somos seres humanos y que nos equivocamos, pero que en nosotros reside la posibilidad de rectificar como de entercarnos y decir que la realidad está mal y no nosotros:

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Rével, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china (Vargas-Llosa, 2010)”.

En efecto, nuestro peor defecto en América Latina es no aceptar y reconocer nuestros errores. No lo puedo negar, ni me apeno, por muchos años creí en que la izquierda tenía la calidad moral y posibilidad real de crear la democracia, el 2000 me tomó cumpliendo la mayoría de edad y 10 años después, lo único que tengo que reconocer es que ahora soy un demócrata radical, con un gran amor por la libertad y que soy un convencido de que la democracia es la única forma de vida que nos garantiza la plena libertad, que el poder es un lugar vacío y que a Marx lo he leído, pero no admirado. Prefiero una sociedad abierta y a todos los enemigos que esta tenga para defenderla y luchar por ella. Sí, en estos momentos donde más se critica al liberalismo y a la democracia, mi posición es que ha esta apenas la estamos inventando. Sí, yo no creo en la democracia mexicana, en el modelo de forma de gobierno que se está construyendo y los matices de autoritarismo que se están disfrazando en la sociedad mexicana. Creo en una sociedad civil participativa, discutiendo y dialogando en el espacio público político y en el liberalismo político. Es una buena noticia para la democracia y el liberalismo que Vargas Llosa tenga el Premio Nobel de Literatura en sus manos, porque él, como muchos más, nos ha enseñado que:

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana”.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación (Vargas-Llosa, 2010).

Bibliografía:

 

Vargas-Llosa, M. (2010). Elogio de la lectura y ficción. Periódico El País. Fecha: 08 de diciembre 2010. España. Versión electrónica: <http://www.elpais.com/articulo/cultura/Elogio/lectura/ficcion/elpepicul/20101208elpepicul_2/Tes>

Nota: Publicado el 13 de diciembre del 2010 en el suplemento político Ágora del diario Despertar.

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